domingo, mayo 13, 2007

De vuelta y con "regalo"

Hace la torta que no posteo nada en este blog . La culpa es mía, claro, porque casi todo lo que tengo que contar lo cuento en mi blog de livejournal (sí, estoy en los enlaces como "los desvaríos de leydh" :p) Así que este proyecto conjunto ha quedado como el blog personal de Selara, lo cual está muy bien porque así la niña puede encontrar desahogo e informar a aquellos que la queremos, y que estamos lejos para verla tan a menudo como nos gustaría, de lo que le ocurre, piensa y crea con esa exquisita mente suya ^____^

Sin embargo, desde hace cosa de más de mes y medio, no es sólo que yo no postease... es que no podía ni hacer comentarios en los post (ni de este blog ni de los de nadie que los tuviera en blogspot ¬¬) Ni con mi nombre, ni con el "anónimo" tan socorrido. Simplemente podía leeros y... Y vale, estaba tan vaga que ni se me pasaba por la cabeza mandar emails contestando a los post ni nada... Sin embargo hoy, ya por pura rutina y sin esperanzas de que funcionase, traté de comentar y... VOILÀ!!!!!

Así que aquí estoy, poniendo un post en blog ajeno (es que siento que este es tu territorio ángel ^___^ ) sólo para regodearme en mi vuelta.


Y como me ha dado una envida enorme y cochina el hermoso relato de Sel sobre ese hombre y su torre... venga aquí un guijarro por mi parte en la superficie del estanque (y sí, ya sé que lo he puesto en demasiados sitios ya, así que si lo veis por enésima vez, mil perdones...)


La primera vez que la vendieron a un hombre tenía once años. Su madre la llevó a la bazirha y se la ofreció a la bazir. La mujer la examinó durante minutos, sin decir ni una palabra mientras las esclavas la desnudaban y le apartaban los cabellos del rostro y los miembros del cuerpo. Sólo cuando la hicieron tenderse y le abrieron las piernas, dejando a la vista el sexo, la bazir habló.

- Servirá.

Y sirvió.

Aquella misma noche, vestida con una túnica tan diáfana que su color rosado se debía al de la carne que dejaba ver, recibió al hombre que había pagado por el privilegio de hacerla sangrar.

Él no dijo nada mientras se desnudaba hasta dejar a la vista su cuerpo excitado. Y ella, acostada en el lecho y con los brazos y las piernas extendidas y sujetas por las mujeres de la bazirha, no dejó escapar ni un gemido. Ni cuando las grandes manos del hombre rasgaron la túnica y buscaron su carne, ni cuando sintió aquella invasión que dolía y quemaba. Su mirada estaba prendida en los ojos de la bazir, en su profundidad azul fría como el hielo y desafiante.

De aquella primera vez, tanto tiempo atrás, sólo guardaba el recuerdo del dolor y luego aquel peso asfixiante sobre su pecho, mientras él empujaba y jadeaba una y otra vez contra sus caderas. El olor de su cuerpo la había rodeado hasta cubrirla como un sudario en aquella eternidad de tiempo... y luego se apartó de ella, se limpió el semen y la sangre con un pañuelo de seda y se lo dio a la bazir, junto con una bolsa llena de brillantes monedas.

A ella le ataron aquel pañuelo manchado a la muñeca y tuvo que llevarlo durante días, hasta que vino su regla y volvió a ser llevada a la habitación de un hombre.

Habían pasado muchos años desde entonces, pero era un recuerdo que volvía a ella con frecuencia. Durante siete años vivió en la bazirha, desde el momento en que su propia madre la entregó siguiendo las órdenes de su nuevo esposo. Un hombre que no quería tener delante un recordatorio constante de que antes hubo otro entre las piernas de su mujer, que no quería alimentar a la bastarda de otro hombre. Y Zerraz, débil y temerosa y patéticamente agradecida por ser rescatada de la indecencia, aceptó.

Nunca la había perdonado por ello. Aún hoy sentía un amargor bilioso en la garganta al recordar la forma en la que su madre había apartado la vista, rehuyendo siquiera un último contacto con su única hija. Había aceptado el pago simbólico de manos de la bazir y se había ido sin mirar atrás, sin ningún remordimiento. Algunas veces ella fantaseaba con buscarla para hacerle pagar aquel abandono, pero de alguna forma la había matado en su mente desde el instante en que la entregó al culto.

Así que había servido a Greelag, la Resplandeciente y Fecunda. Se convirtió en una baz, una acólita menor de la diosa que servía entregando su cuerpo, permitiendo a los hombres comulgar con la diosa a través del coito. Noche tras noche, sin importar el hombre, hasta que llegó él y pagó el tributo y entonces se vio libre de todo aquello, libre para volver a pensar por si misma y sentir su propio cuerpo, no el de otros.

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