miércoles, mayo 09, 2007

La Torre solitaria



La brillante luz atravesó la ventana hiriéndole en el rostro, y en la semiinconsciencia se preguntó por qué cada día era igual. Cada día anochecía, y veía el sol ponerse y por la mañana su luz le daba de lleno en la cara. Cada día el desayuno estaba a su lado sin que el lo pidiese, cada día amanecía aseado y limpio, con ropa lavada y cómoda. Cada día podía darse la vuelta y percibir la silenciosa e invisible actividad de la torre, los libros esperándole abiertos donde los dejó, sin una mota de polvo. Las habitaciones, radiantes, vibrantes esperando su atención, el piano tocando, el arpa suspirando en la espera…

A su espalda toda una vida le rodeaba.

Pero él solo podía mirar al frente, a ese pedazo de madera esquivo, a esa puerta oscura que le cerraba el paso. Era demasiado espesa para poder oír lo que había más allá, si había algo… ¡NO! Debía haber algo, lo sabía, lo presentía, si solo supiese qué.

La única condición era no salir por la puerta, así de simple, si sales, nunca podrás volver a entrar. Allí dentro había de todo lo que un hombre pudiese desear, y si no lo había, solo tenía que pedirlo y al amanecer lo tendría, y sin embargo…

Había entrado en la torre por otro camino, más bien la torre le había invitado a entrar, y ese camino estaba ahora cerrado. Solo le quedaba esa puerta, pero, ¿tanto ansiaba la libertad? Era libre de irse cuando quiera, nadie le obligaba a quedarse, pero no encontraba el valor para salir, no se atrevía a girar le pomo, ¿y si tras al puerta había una terrible tormenta? ¿ y si el mundo conocido había sido destruido? ¿ y si no quedaba nada? Ciertamente podía seguir todo como lo dejó cuando la torre le encontró perdido, verde, hermoso, brillante. Lo recordaba todo tan bello…

Los violines sonaban invitándole a la cena peor siguió allí frente a la puerta, “otro día ha pasado” pensó, pero no se movió de su sitio, allí siguió mientras tomaba los alimentos depositados a sus pies, y allí se durmió y fue tapado con una suave manta mientras una cálida mano le colocaba una almohada de plumas bajo la cabeza. Y allí impertérrito siguió, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, mientras la torre le cuidaba y le quería, sin que el lo llegase a ver.

3 Comments:

  • At 7:37 p. m., Anonymous M@k, el Buscaiposibles said…

    Precioso.

     
  • At 3:53 p. m., Blogger Korkuss said…

    Certero, muy certero.

     
  • At 5:43 p. m., Blogger Efi said…

    Ahhh... Creo que lo que echaba en falta ese hombre mimado y adorado era la libertad de moverse a sus anchas, la falta de estímulos a su curiosidad innata, la limitación del espacio...

    Aún y todo... Qué lindo hermanita!!!!!!

     

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