Como las ranas
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La primera vez que la vendieron a un hombre tenía once años. Su madre la llevó a la bazirha y se la ofreció a la bazir. La mujer la examinó durante minutos, sin decir ni una palabra mientras las esclavas la desnudaban y le apartaban los cabellos del rostro y los miembros del cuerpo. Sólo cuando la hicieron tenderse y le abrieron las piernas, dejando a la vista el sexo, la bazir habló.
- Servirá.
Y sirvió.
Aquella misma noche, vestida con una túnica tan diáfana que su color rosado se debía al de la carne que dejaba ver, recibió al hombre que había pagado por el privilegio de hacerla sangrar.
Él no dijo nada mientras se desnudaba hasta dejar a la vista su cuerpo excitado. Y ella, acostada en el lecho y con los brazos y las piernas extendidas y sujetas por las mujeres de la bazirha, no dejó escapar ni un gemido. Ni cuando las grandes manos del hombre rasgaron la túnica y buscaron su carne, ni cuando sintió aquella invasión que dolía y quemaba. Su mirada estaba prendida en los ojos de la bazir, en su profundidad azul fría como el hielo y desafiante.
De aquella primera vez, tanto tiempo atrás, sólo guardaba el recuerdo del dolor y luego aquel peso asfixiante sobre su pecho, mientras él empujaba y jadeaba una y otra vez contra sus caderas. El olor de su cuerpo la había rodeado hasta cubrirla como un sudario en aquella eternidad de tiempo... y luego se apartó de ella, se limpió el semen y la sangre con un pañuelo de seda y se lo dio a la bazir, junto con una bolsa llena de brillantes monedas.
A ella le ataron aquel pañuelo manchado a la muñeca y tuvo que llevarlo durante días, hasta que vino su regla y volvió a ser llevada a la habitación de un hombre.
Habían pasado muchos años desde entonces, pero era un recuerdo que volvía a ella con frecuencia. Durante siete años vivió en la bazirha, desde el momento en que su propia madre la entregó siguiendo las órdenes de su nuevo esposo. Un hombre que no quería tener delante un recordatorio constante de que antes hubo otro entre las piernas de su mujer, que no quería alimentar a la bastarda de otro hombre. Y Zerraz, débil y temerosa y patéticamente agradecida por ser rescatada de la indecencia, aceptó.
Nunca la había perdonado por ello. Aún hoy sentía un amargor bilioso en la garganta al recordar la forma en la que su madre había apartado la vista, rehuyendo siquiera un último contacto con su única hija. Había aceptado el pago simbólico de manos de la bazir y se había ido sin mirar atrás, sin ningún remordimiento. Algunas veces ella fantaseaba con buscarla para hacerle pagar aquel abandono, pero de alguna forma la había matado en su mente desde el instante en que la entregó al culto.
Así que había servido a Greelag, la Resplandeciente y Fecunda. Se convirtió en una baz, una acólita menor de la diosa que servía entregando su cuerpo, permitiendo a los hombres comulgar con la diosa a través del coito. Noche tras noche, sin importar el hombre, hasta que llegó él y pagó el tributo y entonces se vio libre de todo aquello, libre para volver a pensar por si misma y sentir su propio cuerpo, no el de otros.
